Me acordé de la pintura.
—¿Mientras yo dormía?
Asintió.
Víctor sonrió como si quisiera tranquilizarla.
—Entonces quizá viste entrar a tu mamá.
Alma lo miró.
—No.
—Puede que te confundieras.
—No me confundí.
—Eres una niña.
Aquello cambió su expresión.
—Y usted es un ladrón.
El silencio fue absoluto.
Víctor soltó una carcajada.
—Ricardo, esto es ridículo.
Yo miré a Alma.
—¿Por qué dices eso?
—Porque lo vi.
Víctor dejó de sonreír.
—¿Qué viste exactamente?
La niña señaló su camisa.
—Primero entró usted.
—Entro aquí veinte veces al día.
—Pero usted pensaba que él estaba dormido.
Me señaló.
—Después movió los libros.
Víctor frunció el ceño.
—¿Qué libros?
—Los verdes.
Yo sabía exactamente cuáles.
Delante del mecanismo de la caja fuerte había una colección antigua de libros con encuadernación verde.