El calor de Veracruz penetraba las paredes de cal del caserón como un castigo divino, convirtiendo cada habitación en un horno sofocante que no daba tregua ni siquiera durante las noches. Era 1782 y en la hacienda de los Valverde, ubicada a tres leguas del puerto principal, algo podrido fermentaba bajo el barniz de la opulencia y el prestigio militar.
El teniente Ignacio Valverde regresaba de sus rondas militares con el uniforme manchado de sudor y polvo del camino real, las medallas tintineando contra su pecho con cada movimiento del caballo. Pero lo que nadie sabía, lo que ninguno de sus subordinados podría imaginar mientras lo saludaban con respeto reverencial, era que también traía consigo un secreto que lo devoraba por dentro como un cáncer moral, un secreto que crecía literal y metafóricamente en el vientre de Itzel, la esclava muda que trabajaba en las cocinas de su propia casa,