Documentos.
No sé exactamente qué información comprobaron.
Pero para Lucy fue suficiente.
La carta continuaba:
“Mamá probablemente va a odiar saber que le oculté esto.
Yo también estoy enojada con papá.
Pero él ya no puede explicar nada.
Valentina sí está aquí.
Y no tiene culpa de lo que hicieron los adultos.”
Lloré.
Aquella era mi hija.
Quince años.
Intentando resolver sola una traición que ni siquiera le pertenecía.
—¿Cuántas veces se vieron?
—Como siete.
—¿Siete?
—A veces después de clases.
Sentí rabia.
—¿Su madre permitía esto?
Valentina asintió.
—Ella quería hablar con usted.
—¿Entonces por qué nunca lo hizo?
—Lucy le pidió tiempo.
Me levanté.
Tuve que caminar.
Parte de mí estaba furiosa con mi hija.
Eso provocó una culpa terrible.
Lucy estaba muerta.
¿Cómo podía enfadarme con ella?
Pero lo estaba.
—Debió decírmelo.
Valentina se encogió.
—Ella iba a hacerlo.
—¿Cuándo?
—Después de su cumpleaños.
El accidente ocurrió seis días antes del cumpleaños dieciséis de Lucy.
Me senté otra vez.
De repente todo encajó.
Las últimas semanas de su vida había estado diferente.
Preguntaba cosas extrañas sobre Gabriel.
—Mamá, ¿papá alguna vez te mintió de verdad?
Yo pensé que procesaba el duelo por su padre.
Otro día preguntó:
—¿Tú puedes querer a alguien después de descubrir que hizo algo muy malo?
Respondí:
—Depende de lo que haya hecho.
Ella dijo:
—Eso no ayuda.
Me había reído.
Ahora entendía.
Lucy llevaba una bomba entre las manos y no sabía cómo entregármela.
La orientadora comenzó a realizar llamadas para manejar la situación de Valentina adecuadamente.
Yo pedí unos minutos.
Salí al pasillo.
Llamé a mi hermana.
—Necesito que vengas.
—¿Qué pasó?