PARTE 1
—¡Quítenle el plato a esa mujer! ¡Ella no pertenece a nuestra familia! —ordenó mi suegra delante de veinticuatro invitados, mientras mi esposo permanecía sentado a su lado sin atreverse a mirarme.
La mesera se quedó paralizada, sosteniendo mi copa entre las manos.
Yo también me quedé inmóvil.
Me llamo Lucía, tengo treinta y cuatro años y llevaba cuatro casada con Daniel. Aquella noche celebrábamos los sesenta años de su madre, doña Teresa, en un elegante restaurante de la colonia Providencia, en Guadalajara.
Durante tres semanas había organizado personalmente cada detalle: las flores, el pastel, la música, las invitaciones y el menú. Había pagado $49,800 pesos por el banquete y comprado un reloj suizo de $28,900 que mi suegra llevaba meses diciendo que deseaba.