«¡Primero pagas mis 60 años y después te largas de mi mesa!», gritó mi suegra mientras una mesera retiraba mi plato frente a 24 familiares. Mi marido me ordenó callarme, aunque yo había organizado y pagado toda la fiesta. No respondí, solo me fui con el regalo. Cuando revisé una cuenta que compartíamos desde hacía cuatro años, entendí que aquella humillación no había sido casualidad.

Mi esposo sonrió de una manera que nunca le había visto.

—Entonces prepárate, Lucía. Porque mañana vas a descubrir lo caro que puede salirte desafiar a mi madre.

Y aquella amenaza resultó mucho más grave de lo que yo imaginaba.

PARTE 2

A la mañana siguiente, el timbre sonó antes de las diez.

Era Teresa.

Entró a nuestro departamento de Zapopan sin saludarme. Daniel venía detrás de ella, con los brazos cruzados y la misma expresión de desprecio de la noche anterior.

—Vengo a resolver dos asuntos —anunció mi suegra, dejando su bolso sobre la mesa—. Primero, los $21,400 que me hiciste pagar anoche. Segundo, mi regalo.

Señaló la bolsa que todavía estaba junto a la puerta.

—Enséñame el reloj.

Lo saqué de su caja.

Teresa lo examinó detenidamente. Sus ojos brillaron al reconocer exactamente el modelo que tanto había deseado.

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