Por eso no entendía la insistencia de aquel hombre.
Aun así, aceptó.
La ceremonia duró ocho minutos.
Cuando llegó el momento de intercambiar los anillos, Andrei tomó su mano.
—Esta vez sí llegué a tiempo —susurró.
Eliza comenzó a llorar.
Aquella noche, sin embargo, ocurrió algo extraño.
Andrei señaló un cajón junto a la cama.
—Hay un sobre ahí.
—¿Para quién?
—Para ti. Pero debes abrirlo después de mi funeral y únicamente delante de mi abogado.
Eliza sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué estás escondiendo?
—Algo que debí solucionar hace muchos años.
—Dímelo ahora.
Andrei negó lentamente.
—Si te lo digo mientras sigo vivo, alguien podría intentar detenerme.
Eliza se enfadó.
Toda su historia había sido destruida precisamente porque otras personas decidieron ocultarles información.
—No puedes hablarme de amor mientras haces lo mismo que hicieron nuestras familias.
Andrei cerró los ojos.
—Tienes razón.
Después extendió la mano.
—Pero quédate esta noche.
Eliza permaneció junto a él hasta el amanecer.
Andrei murió dos días después.
Durante el funeral, Cristina y Radu apenas hablaron con ella.
Incluso le pidieron que se sentara varias filas detrás de la familia.
Eliza no protestó.
Observó el ataúd desaparecer lentamente bajo la tierra y sintió que, por segunda vez en su vida, estaba perdiendo al mismo hombre.
La mañana siguiente, alguien llamó a su puerta.
Era Victor Ionescu, abogado personal de Andrei.
Llevaba un maletín, una caja metálica negra y el sobre que Andrei había mencionado.
—Señora Popescu —dijo después de sentarse—, antes de leer esta carta necesito explicarle algo.
—¿Tiene que ver con la herencia?
—No exactamente.
Victor abrió la caja.
Dentro había decenas de documentos amarillentos, fotografías, contratos y cartas.