A los setenta y tres años, Eliza pensó que ya conocía casi todas las formas posibles de perder a una persona. Había enterrado a sus padres, había despedido a amigos de toda la vida y también había acompañado hasta el final a Sorin, el hombre con quien compartió cuarenta y siete años de matrimonio.
Lo que nunca imaginó fue que, después de todo aquello, volvería a encontrarse frente al hombre que había marcado su juventud.
Y mucho menos que terminaría convirtiéndose en su esposa.
La ceremonia se realizó en una habitación de hospital.
Andrei estaba enfermo de cáncer de páncreas y los médicos habían sido claros: probablemente le quedaban apenas unos días.
Mientras un sacerdote esperaba junto a la cama, Cristina, la hija mayor de Andrei, miró a Eliza con evidente rechazo.
—Si te pones ese anillo en el dedo, no esperes que después te consideremos parte de esta familia.

Eliza sostuvo su pequeño ramo de rosas blancas.
—No estoy intentando ocupar el lugar de nadie.
—Entonces no te cases con él.
Andrei levantó la cabeza desde la almohada.
—Cristina, basta.
Su voz era débil, pero conservaba aquella firmeza que Eliza recordaba desde la adolescencia.
Habían pasado cincuenta y cinco años desde la tarde en que ambos prometieron encontrarse en una estación de tren para comenzar juntos una nueva vida.
Eliza llegó aquella tarde antes de las cinco y media.
Andrei nunca apareció.
Al día siguiente, la madre de él visitó a la familia de Eliza y aseguró que su hijo había decidido marcharse con otra mujer.
Eliza quedó destrozada.
Años después conoció a Sorin, un profesor tranquilo y generoso. Se casaron, tuvieron dos hijas y construyeron una familia feliz.