A los setenta y tres años, Eliza pensó que ya conocía casi todas las formas posibles de perder a una persona. Había enterrado a sus padres, había despedido a amigos de toda la vida y también había acompañado hasta el final a Sorin, el hombre con quien compartió cuarenta y siete años de matrimonio.
Lo que nunca imaginó fue que, después de todo aquello, volvería a encontrarse frente al hombre que había marcado su juventud.
Y mucho menos que terminaría convirtiéndose en su esposa.
La ceremonia se realizó en una habitación de hospital.
Andrei estaba enfermo de cáncer de páncreas y los médicos habían sido claros: probablemente le quedaban apenas unos días.
Mientras un sacerdote esperaba junto a la cama, Cristina, la hija mayor de Andrei, miró a Eliza con evidente rechazo.