Pero podía impedir que aquella injusticia siguiera beneficiando a mi familia después de mi muerte.
No me casé contigo para dejarte una fortuna.
Me casé contigo para devolverte algo mucho más importante: el derecho a conocer la verdad y decidir qué hacer con ella.
El dinero pertenece a tus descendientes porque nació de algo que nunca debió ser arrebatado a tu familia.
No quiero que recuerdes nuestros últimos días pensando que intenté comprarte el perdón.
Lo único que siempre quise de ti fue aquello que esperaba aquella noche en la estación:
que llegaras.
Y esta vez llegaste.
Andrei.”
Eliza terminó de leer y permaneció varios minutos en silencio.
Después comenzó a llorar.
No lloraba por el dinero.
Ni siquiera lloraba únicamente por Andrei.
Lloraba por aquella muchacha de dieciocho años que había esperado durante horas en una estación creyendo que no era suficientemente importante para que alguien cumpliera una promesa.