Pagué el taxi de una joven embarazada a la que varios conductores habían rechazado por ser pobre. “Es para visitar a mi mamá, se lo devolveré”, me prometió llorando. Le dije que no hacía falta y regresé a casa con mi perro. Pero al día siguiente la encontré limpiando la tumba de la única mujer que había amado… y cuando me dijo su edad, recordé la última mentira de mi padre.

Andrés tuvo que apoyarse en una banca.

Veinticuatro años.

Elena había desaparecido de su vida veinticinco años atrás.

Las fechas coincidían.

Y aquel parecido que había observado la noche anterior ya no parecía una casualidad.

—Sofía, necesito contarte algo.

Se sentaron en una cafetería cercana al cementerio.

Andrés le habló de su juventud, de cómo conoció a Elena cuando ambos estudiaban, de sus planes de boda y de la oposición de sus padres.

—Mi familia tenía dinero —explicó—. Mi padre era médico y mi madre creía que nuestro apellido debía mantenerse lejos de las familias humildes.

Elena trabajaba en una papelería mientras estudiaba enfermería. Había salido de su casa a los dieciséis años porque su padrastro bebía demasiado y su madre nunca la defendía.

Los padres de Andrés utilizaron aquellos antecedentes para despreciarla.

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