Pagué el taxi de una joven embarazada a la que varios conductores habían rechazado por ser pobre. “Es para visitar a mi mamá, se lo devolveré”, me prometió llorando. Le dije que no hacía falta y regresé a casa con mi perro. Pero al día siguiente la encontré limpiando la tumba de la única mujer que había amado… y cuando me dijo su edad, recordé la última mentira de mi padre.

Debajo aparecían las fechas de nacimiento y fallecimiento.

Andrés pasó los dedos por el nombre.

—Perdóname, Elena. Llegué demasiado tarde.

—¿Usted la conocía?

La voz lo hizo voltear.

Era la muchacha embarazada del día anterior.

Estaba acomodando unas flores junto a la tumba.

Ambos se quedaron mirándose, sorprendidos.

—¿Qué hace aquí? —preguntó ella.

—Vine a visitar a alguien que quise muchísimo. ¿Y tú?

La joven miró la lápida.

—Es mi mamá. Ayer habría cumplido cuarenta y siete años. Siempre vengo por su cumpleaños, pero se me hizo tarde y tuve que regresar hoy para limpiar.

Andrés sintió un estremecimiento.

—¿Cómo te llamas?

—Sofía Castillo. Tengo veinticuatro años.

—¿Y tu papá?

La sonrisa de Sofía desapareció.

—Nunca lo conocí. Mi mamá murió cuando yo tenía tres años. Mi tía Rosa me crió.

1 thought on “Pagué el taxi de una joven embarazada a la que varios conductores habían rechazado por ser pobre. “Es para visitar a mi mamá, se lo devolveré”, me prometió llorando. Le dije que no hacía falta y regresé a casa con mi perro. Pero al día siguiente la encontré limpiando la tumba de la única mujer que había amado… y cuando me dijo su edad, recordé la última mentira de mi padre.”

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *