Pagué el taxi de una joven embarazada a la que varios conductores habían rechazado por ser pobre. “Es para visitar a mi mamá, se lo devolveré”, me prometió llorando. Le dije que no hacía falta y regresé a casa con mi perro. Pero al día siguiente la encontré limpiando la tumba de la única mujer que había amado… y cuando me dijo su edad, recordé la última mentira de mi padre.

—Hijo, perdóname por lo que hicimos con Elena. Tu madre y yo creímos estar protegiéndote, pero destruimos tu felicidad.

Elena Castillo.

El único amor verdadero que Andrés había conocido cuando era estudiante.

Habían planeado casarse, pero ella desapareció repentinamente veinticinco años atrás.

Después de aquella confesión, Andrés contrató a un investigador para encontrarla.

Una semana después de adoptar a Rufi, mientras caminaban cerca de una base de taxis, vio a una joven embarazada discutiendo con varios conductores.

—Tengo ochenta pesos —suplicaba ella—. Sé que no alcanza, pero necesito llegar. Puedo completarles el resto después.

—¡Con eso no pago ni la gasolina! —se burló uno.

Otro miró su vientre.

—Con esa barriga deberías estar buscando al hombre que te embarazó, no molestándonos.

La muchacha bajó la cabeza, avergonzada. Sostenía un pequeño ramo de claveles blancos envuelto en papel.

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