“Ella va a depender de mí para todo. ¡No va a poder dejarme!”, le dijo mi esposo a su madre cuando creyó que había perdido mi empleo. Incluso se burló de que nadie querría a una mujer con dos hijos y sin dinero. Yo escuché todo, pero seguí actuando con normalidad. Días después, encontré unos documentos sobre su pasado y contacté a una mujer desconocida. Su respuesta reveló por qué necesitaba tanto vender mi departamento.

Abrí una cuenta bancaria individual para recibir mi salario y cambié todas mis contraseñas.

Después llamé a Patricia.

Nos reunimos durante mi hora de comida. Me escuchó sin interrumpirme y finalmente preguntó:

—¿Qué tienes que Alejandro no pueda controlar?

—Mi empleo y el departamento de mi abuela.

—Entonces todavía tienes cómo empezar de nuevo. Pero necesitas un abogado y un lugar seguro para los niños.

Durante las siguientes semanas seguí fingiendo que estaba desempleada.

Alejandro dejó de disimular.

El dinero que me entregaba para los gastos domésticos se redujo a la mitad.

—Ahora hay que economizar —decía—. No puedes pretender vivir como antes cuando solamente yo trabajo.

Una mañana, mi madre, doña Carmen, apareció inesperadamente.

Alejandro la había llamado para contarle que yo estaba ocasionando problemas.

—¡Deberías agradecer que tienes un hombre que te mantiene! —me reclamó—. Vende ese departamento y termina de construir tu casa.

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