“Ella va a depender de mí para todo. ¡No va a poder dejarme!”, le dijo mi esposo a su madre cuando creyó que había perdido mi empleo. Incluso se burló de que nadie querría a una mujer con dos hijos y sin dinero. Yo escuché todo, pero seguí actuando con normalidad. Días después, encontré unos documentos sobre su pasado y contacté a una mujer desconocida. Su respuesta reveló por qué necesitaba tanto vender mi departamento.

—Una buena madre debe estar en su casa, no atendiendo desconocidos todo el día.

Además, quería que vendiera el departamento que mi abuela Teresa me había heredado.

Era pequeño, tenía una sola recámara y estaba en una colonia antigua de Puebla. Sin embargo, para mí representaba algo mucho más valioso que sus cuatro paredes.

Antes de morir, mi abuela me tomó de las manos y me dijo:

—Mijita, nunca te quedes sin un lugar al que puedas regresar. El amor es hermoso, pero una mujer debe poder marcharse cuando deja de ser respetada.

Durante años pensé que exageraba.

Alejandro decía que vender aquel departamento nos permitiría terminar nuestra casa. Había calculado que podríamos conseguir unos 650 mil pesos.

—Ese dinero sería para nuestra familia —insistía—. ¿O acaso no confías en mí?

Últimamente también controlaba mis gastos. Me pedía comprobantes del supermercado, cuestionaba las compras de ropa y se molestaba cuando visitaba a Patricia, mi mejor amiga.

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