Nuestro secreto parecía casi absurdo en un lugar tan público.
Mi padre llegó con el mismo traje que había usado en mi boda. Parecía como si no hubiera dormido.
Cuando vio a Jason, su expresión cambió.
“Tú.”
Jason se detuvo.
“¿Te acuerdas de mí?”
Los ojos de mi padre se entrecerraron.
“Usted vino a Northbridge después de que presenté el informe.”
Vivian miró fijamente a Jason.
Permaneció tranquilo, pero sus dedos se curvaron a su costado.
“Me enviaron a revisar las cuentas.”
“Me dijiste que no había pruebas de robo.”
“No lo había. No figuraba en los registros que nos entregaron.”
“Usted calificó mi informe de negligente.”
“Lo califiqué de incompleto.”
“Destruiste mi credibilidad.”
La voz de Jason se fue apagando.
“Me equivoqué.”
Mi padre lo miró fijamente.
La disculpa no borró nada, pero cambió el ambiente entre ellos.
Jason me miró.
“En aquel momento, las transferencias parecían contar con la autorización de Ethan. Creía que su padre intentaba ocultar sus propios errores acusando a la alta dirección.”
“¿Y después?”, pregunté.
“Más tarde, encontré libros de contabilidad duplicados.”
“¿Por qué no limpiaste su nombre?”
“Porque los libros de contabilidad duplicados desaparecieron antes de que pudiera demostrar su existencia.”
Mi padre soltó una risa amarga.
“Qué conveniente.”
—Sí —dijo Jason—. Así fue.
La franqueza de la respuesta pareció inquietarlo más que cualquier defensa.
Vivian presentó a la abogada independiente, una mujer tranquila llamada Helen Shaw, que llevaba un maletín con documentos y parecía indiferente a todo el mundo.
“Si este casillero contiene evidencia de un delito”, dijo, “nadie retira ni altera nada sin documentación. Fotografiamos el contenido, determinamos la custodia y contactamos a las autoridades correspondientes”.
Mi padre me miró.
“No deberías estar aquí.”