Escuchó una voz detrás.
—Está torcido.
Se giró.
Valentina.
No sabía que la niña casi nunca hablaba con empleados.
—¿Qué cosa?
Señaló el banco.
—Eso.
Esteban lo observó.
—Tienes razón.
La pata izquierda estaba un poco desnivelada.
—¿Quieres ayudar?
Valentina negó.
—Entonces necesito supervisora.
La niña casi sonrió.
Esteban trabajó.
Ella permaneció mirando.
Después preguntó:
—¿Sabes hacer casas?
—He arreglado algunas.
—No. Casas pequeñas.
—¿Para perros?
—No.
—¿Gatos?
Negó.
—¿Entonces?
Valentina señaló un rincón del jardín.
—Mamá quería una.
Esteban se quedó quieto.
—¿Una casa pequeña?
—Para mí.
Fue la conversación más larga que Valentina había mantenido con alguien en semanas.
Esteban no quiso asustarla preguntando demasiado.
—¿Cómo era?
La niña se encogió de hombros.
—No sé.
—Entonces tendremos un problema.
—¿Por qué?
—Porque los constructores necesitan planos.
Valentina lo miró.