Valentina se aferró a mi mano.
—Mamá, ¿ella es la abuelita que dijo que ya no eras su hija?
A Teresa se le borró la expresión de autoridad. Diego dejó caer la cinta métrica. Le había contado a Valentina una versión sencilla de mi historia porque un día preguntó por qué solo conocía a la mamá de Ricardo. Nunca pensé que terminaría haciéndome aquella pregunta delante de todos.
—Lo dije por coraje —se defendió mi madre—. ¡Una madre también se equivoca!
—Y una hija también aprende a protegerse —contesté.
Ricardo dejó las mochilas sobre una silla.
—Aquí no sobra ninguna habitación. Hay una donde dormimos nosotros, otra de las niñas, mi despacho, el estudio de Mariana y un cuarto para visitas. Nadie ha autorizado una mudanza.
—¡Soy su madre! —protestó Teresa—. No necesito pedir permiso para entrar a la casa de mi hija.