—¿Cómo era?
La niña se encogió de hombros.
—No sé.
—Entonces tendremos un problema.
—¿Por qué?
—Porque los constructores necesitan planos.
Valentina lo miró.
—Yo puedo dibujar.
Al día siguiente regresó con una hoja.
Había una pequeña casa de madera.
Dos ventanas.
Una puerta amarilla.
Macetas.
Y algo escrito arriba:
“La casita de Vale y mamá.”
Esteban sintió un nudo en la garganta.
Recordó algo.
Meses antes del accidente, Sofía le había preguntado cuánto costaría construir una casita de juegos.
—Para el cumpleaños de Valentina.
Habían hablado de materiales.
Incluso habían elegido el lugar.
Pero el proyecto nunca comenzó.
Sofía murió tres semanas después.
Esteban había olvidado aquella conversación.
Valentina no.
—¿Quieres construirla? —preguntó.
—No tengo dinero.
—Yo sí tengo madera.
—¿Dónde?
—Guardada.
Esteban tenía restos de otros proyectos.
—Entonces quizá podamos empezar.