No esperaba nada de Valentina.
Y precisamente por eso ella eligió acercarse.
Durante mucho tiempo, Alejandro creyó que había contratado treinta y siete niñeras incompetentes.
Después comprendió que ninguna persona podía devolverle la hija que existía antes del accidente.
Porque esa niña también había cambiado.
Como él.
La solución nunca fue regresar al pasado.
Era aprender a vivir después de él.
Sofía seguía faltando.
Nada podía cambiar eso.
Pero la familia dejó de comportarse como si mencionar su nombre abriera una herida que debía mantenerse cubierta.
Empezaron a recordar.
A veces riendo.
A veces llorando.
Y la mansión volvió lentamente a convertirse en una casa.
No gracias al dinero.
No gracias a un tratamiento milagroso.
Y ni siquiera exclusivamente gracias a Esteban.
Sino gracias a una verdad que un empleado de mantenimiento tuvo el valor de decirle a un hombre acostumbrado a que nadie lo contradijera: