No quiero detenerme demasiado en el nombre de la enfermedad porque esta no es una historia sobre términos médicos. Lo importante es que era grave, avanzaba rápidamente y había sido descubierta demasiado tarde. Los médicos intentaron diferentes tratamientos, pero mi cuerpo no reaccionó como esperaban.
Julián estuvo presente desde el primer día. Me acompañó a cada consulta, aprendió los nombres de los medicamentos y organizó un calendario para no olvidar ninguna dosis. Cuando se me cayó el cabello, se rapó la cabeza conmigo. Lo hizo en el baño de nuestra casa mientras los niños observaban desde la puerta. Yo lloraba al verme frente al espejo, pero él puso una expresión exageradamente seria y dijo:
—Ahora sí parecemos una pareja de delincuentes.
Los cuatro terminamos riéndonos.
Esa era la manera de Julián de enfrentar las situaciones difíciles. Siempre encontraba una pequeña grieta por donde dejar entrar algo de luz. No negaba el dolor, pero tampoco permitía que lo ocupara todo.
Sin embargo, cuando mi estado empeoró, su comportamiento comenzó a cambiar. Salía del hospital para responder llamadas y regresaba horas después sin explicar dónde había estado. Algunas noches lo escuchaba hablar en voz baja en el pasillo. Cuando le preguntaba, decía que estaba resolviendo asuntos relacionados con el trabajo o con los niños.
Yo empecé a sospechar que escondía algo.
Una parte de mí pensó que quizás había conocido a otra mujer. Sé que puede parecer absurdo, pero la enfermedad vuelve insegura a una persona. Yo ya no me reconocía. Había perdido peso, necesitaba ayuda para caminar y no podía compartir con él la vida que habíamos tenido. Pensé que tal vez estaba preparando su futuro sin mí.