La enfermera miró hacia la puerta.
—Primero tienes que entender lo que pasó.
Sacó una memoria USB del bolsillo.
—Tu madre ordenó una cesárea de urgencia cuando comenzaste con contracciones. La niña nació viva, respirando por sí misma. Pesó tres kilos y doscientos gramos.
Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas.
—¿Lloró?
Trần Mai asintió.
—Muchísimo. Tenía unos pulmones extraordinarios.
Me cubrí la boca para contener un sollozo.
Mi hija había llorado.
Había llegado al mundo.
Y yo no había podido abrazarla.
—¿Por qué dijeron que murió?
La enfermera bajó la voz.
—Porque alguien ordenó trasladarla fuera del hospital.
—¿Quién?
—Tu madre firmó la autorización.
Me tambaleé.
Trần Mai me sujetó antes de que cayera.
—Pero no fue ella quien organizó todo —continuó—. Había un vehículo esperando en la salida de suministros. Un hombre vestido de civil se llevó a la niña.