Cuando miré la fotografía, automáticamente empecé a buscar todas aquellas cosas que normalmente odiaba de mí misma.
Pero entonces me fijé en la expresión de mi abuelo.
Me miraba con tanto orgullo que parecía que yo fuera la chica más hermosa del mundo.
Y, por primera vez, vi algo diferente en aquella fotografía.
Vi algo más que mi peso.
Vi mi felicidad.
Aquella noche publiqué la fotografía en Facebook.
Tenía miedo de los comentarios.
Uno de los primeros mensajes llegó de una antigua compañera de clase que me había acosado años atrás.
Mientras abría su mensaje, me temblaban las manos.
«Emily, recuerdo cómo te tratábamos en la escuela. Yo era una de las personas que se burlaban de ti y, en aquel entonces, no comprendía cuánto podían doler nuestras palabras. Lo siento muchísimo. En esa fotografía pareces realmente feliz».