Toda mi vida me avergoncé de mi cuerpo y de mi sobrepeso. Pero un día, mi abuelo de 73 años me invitó a su piscina y me dijo: «Quítate esa ropa holgada y ponte el bañador. Quiero verte». Me quedé completamente paralizada.

¿Y sabéis qué fue lo que más me sorprendió?

El día que por fin dejé de esconderme, el mundo no cambió absolutamente nada.

La gente siguió viviendo su vida.

El sol siguió saliendo.

El mundo continuó girando.

La única persona que cambió fui yo.

Y, por primera vez en mis veintiséis años, me sentí verdaderamente libre.

Porque mi abuelo me enseñó algo que jamás olvidaré.

A veces, para ser felices, no necesitamos un cuerpo más delgado, un rostro más hermoso ni la aprobación de los desconocidos.

A veces, solo necesitamos a alguien que nos quiera lo suficiente como para ayudarnos a comprender, por fin, cuánto valemos. ❤️

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