Se abrieron las puertas.
Salió Nicolás
con la camisa blanca por fuera del pantalón, el pelo mojado de sudor y sin americana. Corría a medias. Me vio y abrió los brazos.
Y en la manga izquierda, justo encima del puño, llevaba pegado un trozo de cinta rosa de globo, de esa que se riza con las tijeras.