Mi marido pasó la tarde montando una fiesta para su primer amor mientras nuestra hija de cuatro años esperaba en la puerta del cole.

“Señora, ¿quiere que avise a alguien?”

“A nadie. Ya viene mi marido.”

“Perdone que se lo diga, pero a mí no me parece que usted esté para…”

“Yolanda, ¿verdad? ¿Usted vio a la profesora escribir esto?”

“Sí. En la ambulancia. No paró en todo el camino. Y me dijo una cosa antes de irse: que no dejara que se lo diera al padre.”

Eso no estaba en la hoja.

Di la vuelta al papel. Por detrás había más letra, apretada, torcida, con tachones. Era la letra de alguien que escribe mientras la ambulancia coge las curvas.

“17:00. Acaba la acogida. Me quedo con Martina en la puerta. Dice que su papá viene y que se lo ha prometido.”

“17:35. Pregunta si su papá se ha dormido. Le digo que no.”

“18:12. Ve un coche negro al otro lado de la calle. Dice ‘es papá’. Suelta mi mano.

Corre. Una furgoneta de reparto. No he podido cogerla.”

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