— En una semana te casas.
Lucía levantó lentamente los ojos del libro.
— ¿Con quién?
— Con el apache.
La palabra sonó pesada. En el primer instante pensó en huir, luego en protestar, en gritar. Pero casi de inmediato comprendió: no tenía adónde ir. En un mundo donde una mujer sola no significa nada, esos intentos terminan rápido y mal. Aun así, miró a su padre directamente.
— ¿Cuánto has recibido por mí?
Joaquín guardó silencio. Y ese silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
Los días siguientes se convirtieron en una preparación extraña y humillante. Le dieron vestidos viejos, le leyeron exhortaciones sin sentido, la obligaron a escuchar oraciones.
El padre Esteban aseguraba que era la voluntad de Dios. Vicente Salazar parecía satisfecho, como si hubiera cerrado un negocio ventajoso.
Nadie preguntaba qué quería Lucía. A nadie le interesaba su miedo. Pero dentro de ella surgía poco a poco otro sentimiento: aún no esperanza, sino una claridad fría. Si iban a arrancarla de su vida anterior, al menos entraría en la nueva con los ojos abiertos.
La boda fue corta e incómoda. Sin flores, sin música, solo unas pocas personas que observaban lo que ocurría con curiosidad y alivio, como si fueran testigos de cómo desaparecía el problema ajeno.
Fue precisamente allí donde Lucía vio por primera vez a Nantan. Estaba de pie junto a ella: alto, silencioso, con una trenza oscura que le caía por la espalda.
