Debajo, en letra más grande, casi montada sobre el renglón: “Perdóneme. Me quedé con ella hasta el final. Se lo juro.”
Se llamaba Lucía, la profesora. Veintisiete años. Había llamado tres veces a un hombre que no contestó, y se había quedado una hora y doce minutos en una acera con una niña que preguntaba por él.
Cogí el móvil. Hice una foto de cada cara de la hoja, y luego del dibujo, y luego del táper cerrado. Tres fotos de más. Las hice igual.
“Señora, no sé si debería…”
“Yolanda, ¿hay una sala donde yo pueda esperarlo?”
“Hay una de familiares, al fondo.”
“No. Aquí.”
“Pero aquí hay corrientes. Y pasa gente.”
“Que pase.”
Quería verlo salir del ascensor. Que me viera a mí primero, de pie, antes de que él tuviera tiempo de ponerse una cara.