La abogada de Ricardo frunció el ceño.
—¿Algo de qué tipo?
Mateo metió la mano en la mochila vieja que Marisol le había comprado en el tianguis.
Ricardo se puso rígido.
—Mateo, siéntate.
El niño no obedeció.
Sacó un celular antiguo, con la pantalla rota y cinta transparente en una esquina.
—Aquí está la verdad —dijo con la voz quebrada—. Y mi mamá no sabía que yo la guardé.
Ricardo se levantó de golpe.
—¡Dame ese celular, mocoso!
El guardia dio un paso hacia él.
Sofía soltó un grito chiquito.
Marisol se quedó inmóvil.
Porque entendió, demasiado tarde, que su hijo de 9 años había estado cargando una bomba en silencio.
PARTE 2
El juez miró a Ricardo con dureza.
—Se sienta ahora mismo.
Ricardo abrió la boca para protestar, pero el guardia ya estaba junto a la mesa.
Se sentó.
Por primera vez desde que entró al juzgado, ya no parecía millonario.
Parecía descubierto.
El juez extendió la mano hacia Mateo.
—Hijo, dime qué hay en ese teléfono.
Mateo tragó saliva.
—Videos. Audios. Mi papá nos hacía practicar lo que teníamos que decir. Nos decía que si no lo escogíamos, mi mamá se iba a quedar sola, sin dinero y sin poder vernos.
La abogada se levantó rápido.
—Su Señoría, esto puede ser manipulación de la madre.
—¡Mi mamá no sabía! —gritó Mateo, y la voz le salió rota, pero fuerte—. Ella siempre nos decía que dijéramos la verdad, aunque le doliera.
Marisol se cubrió la boca.
Sofía bajó de la silla y corrió hacia ella.
Marisol la abrazó como si alguien se la hubiera querido arrancar de los brazos.
El juez pidió que revisaran el celular.