Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

No imaginaba cuánto volvería a significar aquella imagen.

Llegamos al embarcadero cuando estaba oscureciendo. Después de agradecerle, encontré transporte hacia Veracruz.

A la mañana siguiente entré en el banco directamente, sin pasar siquiera por mi casa.

La ejecutiva que atendía nuestras cuentas se sorprendió al verme.

—Señora Mariana, creí que estaba de vacaciones.

—Necesito cancelar inmediatamente una solicitud que aparece a mi nombre. Es fraudulenta.

La mujer revisó la computadora y palideció.

—Tenemos documentos firmados digitalmente y una llamada de confirmación.

—No hice ninguna llamada.

Pidió que acudiera el encargado de seguridad.

Él examinó el expediente y después abrió un archivo de audio.

—Por procedimiento grabamos las autorizaciones telefónicas. Escuche esto, señora.

Una voz femenina comenzó a hablar.

Y al reconocerla, sentí que el corazón se me detenía.

La mujer que había intentado hacerse pasar por mí era alguien a quien conocía perfectamente.

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