PARTE 1
—Tu esposa es tu problema, papá. Nosotros necesitamos un poco de espacio.
Eso fue lo último que me dijo mi hijo antes de arrastrar su maleta hacia la puerta y dejarme, a mis setenta y un años, en una silla de ruedas junto a la mujer que le había dado la vida y que apenas podía respirar.
Me llamo Miguel Herrera. Durante treinta y cinco años levanté desde cero una pequeña empresa de aire acondicionado y refrigeración en Querétaro. Había trabajado bajo techos de lámina a cuarenta grados, cargado compresores y pasado noches enteras reparando equipos en hospitales y restaurantes.
Pero seis meses después de una cirugía de cadera, apenas podía caminar unos pasos.
Mi esposa Elena, de sesenta y nueve años, estaba todavía peor. Una insuficiencia cardiaca avanzada y una neumonía habían convertido nuestra recámara de la planta baja en una habitación de hospital: concentrador de oxígeno, medicamentos, monitor, tanque de reserva y una enfermera que venía dos veces al día.
Aquella mañana Alejandro, nuestro único hijo, llegó acompañado de su esposa, Patricia.
Traían equipaje.
—Nos vamos tres semanas a Europa —dijo como si estuviera anunciando una comida familiar—. Los boletos no tienen reembolso.
Creí que bromeaba.
—Tu mamá está muy delicada.
Patricia suspiró.
—Miguel, nosotros también tenemos derecho a cuidar nuestra salud mental. No podemos detener nuestra vida indefinidamente.
Le ofrecí pagar cada peso perdido si posponían el viaje.
Alejandro miró hacia el cuarto de Elena. Su madre respiraba con ayuda de una cánula de oxígeno.
Ni siquiera entró a despedirse.
—Vas a estar bien, papá. Eres más fuerte de lo que crees.
Entonces dijo aquella frase.
—Tu esposa es tu problema. Nosotros necesitamos espacio.