Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

—En el pueblo donde me trajo Arturo. ¿Cómo están?

Hubo un silencio.

—Hija, tu papá está hospitalizado.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Qué pasó?

—Tuvo una complicación cardíaca. Mañana lo operan. Arturo nos pidió que no te dijéramos nada porque necesitabas descansar.

—¿Cómo pudo hacer eso?

Mi madre comenzó a llorar.

—Él aseguró que se encargaría de todo mientras tu padre estuviera internado.

Colgué temblando.

Inmediatamente llamé a Paula, mi asistente de contabilidad.

—¡Licenciada, gracias a Dios! —susurró—. Algo muy raro está pasando.

Me explicó que Arturo había ordenado preparar la venta de nuestra bodega principal.

El precio era de cuatro millones de pesos.

La propiedad estaba valuada en casi doce millones.

—¿Quién autorizó semejante operación?

—El señor Arturo dice que tiene instrucciones de su papá. La licenciada Vanessa preparó el contrato.

—¿Y quién compra?

—Una empresa llamada Comercializadora Salgado. La registraron hace apenas un mes.

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