Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

Antes de despedirse, Tomás me hizo una pregunta extraña.

—¿El señor que te trajo es tu esposo?

—Sí. ¿Por qué?

—Porque hace unas semanas estuvo aquí con otra mujer. Una rubia joven. Pensé que era su esposa.

Sentí un escalofrío.

Regresé a la cabaña y revisé cuidadosamente el dormitorio.

Debajo de la cama encontré una elegante pinza de cabello con piedras brillantes.

Yo llevaba el pelo corto.

Después descubrí una tarjeta de presentación escondida detrás de una mesita.

Vanessa Salgado. Asesora jurídica.

Reconocí inmediatamente el logotipo impreso debajo del nombre.

Era el de la empresa de mi padre.

Y Vanessa era precisamente la abogada que Arturo había contratado seis meses atrás.

Me quedé mirando aquella tarjeta mientras una idea terrible comenzaba a tomar forma.

Mi esposo no había elegido aquella cabaña por nuestro aniversario.

Me había llevado al mismo lugar donde escondía a su amante.

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