PARTE 1
Alejandro Montero debía quedarse en Europa por 3 semanas más, cerrando el trato más grande en la historia de su imperio hotelero. Era el negocio de su vida, la cima de su carrera. Sin embargo, algo pesado le oprimía el pecho desde hacía días. Era una incomodidad sorda, un nudo en la garganta, como una mano invisible apretándole el corazón cada vez que pensaba en su familia y en su casa.
Sin avisarle a nadie, canceló sus reuniones con los inversionistas, hizo sus maletas de prisa y tomó el primer vuelo de regreso a la Ciudad de México. Quería sorprender a Rebeca, su esposa, y demostrarle que el hombre del que se enamoró seguía ahí. Quería abrazar a Victoria, su única hija, y prometerle neta que esta vez estaría presente para ella.
Nadie lo esperaba en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. No pidió a su chofer privado ni a su equipo de seguridad. Quería llegar a su casa como lo hacían los hombres buenos en las películas de antes. Le pidió a un taxista cualquiera que se desviara hacia Presidente Masaryk y compró un enorme ramo de rosas rosadas y blancas. Eran las mismas flores que le dio a Rebeca cuando le pidió matrimonio.
Mientras el taxi avanzaba por el tráfico de Periférico hacia su mansión en Lomas de Chapultepec, Alejandro miró por la ventana, reflexionando. Pensó en cómo todo se había ido rompiendo sin que él se diera cuenta. Las cenas frías, los “todo bien, pa” tan vacíos de Victoria por teléfono. Los sonrisas fingidas de su esposa en las fiestas de la alta sociedad, que desaparecían en cuanto se cerraba la puerta.