Mi padre empezó a reír.
—¡Mira nada más! Mi hija se fue a salvar su matrimonio y terminó encontrando otro destino.
—Uno que jamás hubiera imaginado.
Antes de salir, me tomó nuevamente de la mano.
—Solo quiero preguntarte algo. ¿Ese hombre te trata bien?
Pensé en aquella noche sobre el río, cuando Tomás dejó sus obligaciones para ayudar a una desconocida.
Pensé en Nico, en los cachorros, en las tardes de lluvia y en todas las veces que Tomás había respetado mis decisiones sin exigirme nada.
—Sí, papá. Me trata como siempre debí ser tratada.
Mi padre sonrió.
—Entonces ya no tengo nada que preguntar.
Nuestra boda fue sencilla.
La celebramos en el jardín de la antigua casa, rodeados de árboles y flores blancas.
Doña Chabela preparó la comida con ayuda de varias vecinas.
Mi padre llegó acompañado de mi madre y de Capitán, que casi arruinó la ceremonia cuando quiso perseguir una mariposa.