Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

Mi padre empezó a reír.

—¡Mira nada más! Mi hija se fue a salvar su matrimonio y terminó encontrando otro destino.

—Uno que jamás hubiera imaginado.

Antes de salir, me tomó nuevamente de la mano.

—Solo quiero preguntarte algo. ¿Ese hombre te trata bien?

Pensé en aquella noche sobre el río, cuando Tomás dejó sus obligaciones para ayudar a una desconocida.

Pensé en Nico, en los cachorros, en las tardes de lluvia y en todas las veces que Tomás había respetado mis decisiones sin exigirme nada.

—Sí, papá. Me trata como siempre debí ser tratada.

Mi padre sonrió.

—Entonces ya no tengo nada que preguntar.

Nuestra boda fue sencilla.

La celebramos en el jardín de la antigua casa, rodeados de árboles y flores blancas.

Doña Chabela preparó la comida con ayuda de varias vecinas.

Mi padre llegó acompañado de mi madre y de Capitán, que casi arruinó la ceremonia cuando quiso perseguir una mariposa.

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