Nico estaba sentado en el porche, sosteniendo a su cachorro favorito.
Cuando vio entrar a su madre, permaneció inmóvil.
—Hola, mi niño —susurró ella.
Nico dejó al cachorro en el suelo.
—¿De verdad eres tú?
Lucía asintió, llorando.
El niño corrió hacia ella.
Se abrazaron tan fuerte que ambos perdieron el equilibrio y terminaron sentados sobre los escalones.
—Pensé que ya no me querías —sollozó Nico.
—Te quiero muchísimo.
—Entonces, ¿por qué no regresaste?
Lucía no intentó inventar una excusa.
—Porque fui cobarde, hijo. Tomé decisiones que te hicieron mucho daño. Y tú no merecías ninguna de ellas.
Nico lloró todavía más.
Tomás permaneció a mi lado.
Sin darme cuenta, le tomé la mano.
Él entrelazó sus dedos con los míos.
Aquella tarde Lucía habló largamente con su hijo.
Le prometió llamadas regulares y visitas que acordaría con su padre.