Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

Arturo dejó caer el ramo sobre la mesa.

—Puedo explicarlo.

—Entonces empieza por devolverme mi teléfono.

Lo sacó de la guantera sin mirarme.

Entramos a la cocina.

Puse frente a él las copias de los documentos que había obtenido.

Arturo empezó a sudar.

—No comprendes cómo funcionan ciertos negocios.

—Comprendo perfectamente que intentaste vender una propiedad ajena a una empresa creada por el hermano de tu amante.

—No era así.

En ese preciso momento escuchamos otro automóvil.

Vanessa entró en la cabaña sin tocar.

Llevaba el rostro desencajado.

—¡Eres un inútil, Arturo! —gritó—. ¡Dijiste que tu esposa estaba incomunicada!

Mi marido se levantó de golpe.

—¡Cállate!

Pero Vanessa ya había perdido el control.

—Mi hermano recibió una citación por los documentos de esa operación. ¡El banco inició una investigación y la notaría suspendió todo!

Yo permanecí sentada.

—Buenos días, licenciada. Supongo que vino a recoger su pinza de cabello.

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