Nunca pensé que mi hijo de trece años sería capaz de renunciar a aquello que más amaba. Mucho menos imaginé que su generosidad terminaría poniendo a nuestra familia en una situación tan peligrosa.
Julian vivía por y para la música. Desde que su padre y yo le regalamos una Fender Stratocaster personalizada, apenas había pasado un día sin tocarla. Habíamos ahorrado durante meses para comprarla, y él la cuidaba como si fuera un tesoro.
Cada tarde, al regresar del colegio, subía directamente a su habitación. Durante horas, los acordes de su guitarra llenaban nuestra casa. Soñaba con formar una banda y algún día tocar frente a miles de personas.
Por eso, cuando una tarde entré en su dormitorio y descubrí que el soporte junto al escritorio estaba vacío, sentí una extraña inquietud.
La guitarra había desaparecido.