Después Marcos perdió un importante contrato de trabajo.
Necesitaban dinero.
—¿Cuánto?
—Veinte mil.
Me quedé en silencio.
No era una cantidad pequeña.
—Puedo prestarte diez.
—Mamá, necesito veinte.
—Marcos, yo estoy jubilada. No sé cuánto tiempo voy a vivir. Tengo que cuidar mis ahorros.
Su tono cambió.
—¿Y para quién estás guardando todo eso?
La pregunta me molestó.
—Para mí.
Hubo silencio.
—No puedes llevártelo cuando te mueras.
Colgué poco después.
Finalmente le presté quince mil.
Nunca hablamos de una fecha para devolverlos.
Pensé que cuando recuperara estabilidad me pagaría.
Nunca ocurrió.
Seis meses después necesitó otros cinco mil.
Esta vez dije que no.
Entonces comenzó el cambio.
Primero fueron comentarios pequeños.
—Mamá, estás gastando demasiado en esas vitaminas.
O:
—¿Para qué necesitas cambiar el sofá a tu edad?
También:
—No deberías seguir administrando tantas cuentas sola.