Mi madre giró la llave en la cerradura. Todavía puedo recordar aquel pequeño clic. Después de más de cuarenta años imaginando lo que podía haber dentro de esa caja metálica, esperaba encontrar cualquier cosa: fajos de billetes, joyas, papeles de alguna deuda oculta, quizá pruebas de una vida secreta que mi padre nos había ocultado.
Pero cuando levantó la tapa, no había nada de eso. Solo decenas de sobres, viejas libretas bancarias, extractos de cuenta y una carpeta gruesa. Sobre el primer sobre estaba escrito: «Margarita — 1983». En el siguiente, 1984. Después 1985. Años enteros ordenados con una prolijidad casi obsesiva.
Una carpeta con un solo nombre
Mi madre sacó la carpeta. En la tapa, escrito con letra firme, decía simplemente: «Para Margarita».
—¿Qué es todo esto? —pregunté.
Mi padre se sentó. Por primera vez en mi vida, lo vi evitar nuestras miradas.