Patricia llevaba años presumiendo que poseía una propiedad muy valiosa en una colonia exclusiva de Guadalajara.
Siempre decía que la tenía rentada y que recibía ingresos suficientes para vivir cómodamente.
La realidad era diferente.
La propiedad pertenecía a otra persona. Patricia había sido inquilina durante varios años, y su hermano Arturo le ayudaba a pagar la renta.
El dinero que Daniel le transfería servía para cubrir gastos personales, ropa, restaurantes y deudas que ella escondía.
Mi suegra despreciaba a mi madre por vender verduras, mientras ella dependía económicamente de otras personas para mantener una imagen de riqueza.
Pero todavía faltaba conocer la razón de aquel supuesto crédito.
Ricardo consiguió que la institución revisara formalmente la operación. La solicitud indicaba que el dinero se utilizaría para invertir en un negocio de artículos importados.