Coloqué la escritura sobre la mesa.
—Antes de que alguien vuelva a decidir quién merece entrar aquí, quiero aclarar una cosa.
Daniel soltó una carcajada.
—No empieces con tus dramas.
Lo miré directamente.
—Esta casa la compré yo. Y ustedes dos acaban de olvidar quién les abrió la puerta.
Patricia se puso roja.
—¡Soy tu suegra! ¡Me debes respeto!
—El respeto no se exige mientras se humilla a una madre.
Entonces Daniel se acercó, me arrebató la escritura y pronunció una frase que cambió todo:
—No te hagas la poderosa, Mariana. Estamos casados. Esta casa también me pertenece.
Y cuando vi la seguridad con la que lo decía, comprendí que mi esposo estaba escondiendo algo mucho más grave que su desprecio por mi madre.
PARTE 2
—¿Desde cuándo crees que tienes derecho a regalar lo que yo compré? —le pregunté a Daniel.
Mi esposo dejó la escritura sobre la mesa.