Durante meses, Nebula Systems se había presentado públicamente como una empresa tecnológica en expansión.
En realidad, sus cuentas internas eran un desastre.
El anuncio de una nueva inyección de capital de 1,25 millones de dólares debía evitar la insolvencia y calmar a sus acreedores.
A las 8:40 de la mañana entré por una puerta lateral del salón del hotel acompañada de Eva.
Llevaba un traje gris carbón perfectamente entallado.
Sostenía una fina carpeta de cuero.
Y llevaba en la muñeca el reloj de oro que mi abuela me había regalado cuando terminé la universidad.
No parecía una esposa destrozada a la que acababan de traicionar.
Parecía lo que era.
Una auditora sénior que llevaba cuarenta y ocho horas convirtiendo las pruebas en un arma.
Cerca del escenario, Richard sonreía ampliamente delante de una enorme pantalla digital.
Sarah lo grababa con el teléfono.
Eleanor hablaba con posibles inversores mientras sostenía una copa de champán como si la familia ya hubiera ganado la lotería.
Eric estaba junto al atril.
Durante diez años había amado a aquel hombre.
Habíamos compartido domingos lluviosos, reformas en casa, cenas tranquilas y planes para envejecer juntos.
Ahora, al mirarlo desde el otro lado de aquella sala llena de gente, solo veía a un parásito que había brindado con champán ante la posibilidad de dejarme sin casa.
Richard subió al escenario.
—Hoy demostramos que Nebula Systems ha conseguido el respaldo estratégico necesario para llevar nuestra plataforma al siguiente nivel.
En la pantalla apareció una cifra provisional:
1.250.000 DÓLARES
El público aplaudió.
Richard empezó a hablar de nuevas contrataciones, ampliación de infraestructuras y una demostración en directo de la línea de crédito institucional pendiente.