Méline apareció en la pantalla. Llevaba aquel famoso vestido de premamá color crema, un abrigo ligero de cachemir echado por encima a toda prisa y zapatillas de casa. Había bajado en ascensor hasta el primer sótano del aparcamiento. Sostenía en las manos mi segundo teléfono: el viejo teléfono de trabajo que había olvidado sobre la consola de la entrada al salir corriendo. No me perseguía por celos. Simplemente quería devolverme el aparato, en el que estaban almacenados los códigos de acceso a los servicios médicos de urgencia de la fundación.

A la salida del aparcamiento estaba estacionado el Porsche deportivo rojo de Elena Courtland.
Elena no estaba en el hospital. No sangraba.
Estaba sentada al volante de su vehículo justo debajo de nuestro edificio, retocándose tranquilamente el lápiz de labios frente al retrovisor y sonriendo con aire satisfecho a la pantalla de su teléfono. Sabía que yo acababa de llamar al ascensor y de salir por la entrada principal, donde mi chófer me esperaba.