Tenía apenas nueve años cuando un incendio destruyó gran parte de nuestra casa.
Mi madre logró salir con vida, y yo también. Sin embargo, las llamas dejaron marcas permanentes en mi rostro, parte del cuello y mi brazo izquierdo.
Con el paso de los años aprendí a convivir con esas cicatrices. Lo difícil no era verlas en el espejo. Lo verdaderamente doloroso era descubrirlas cada día en la mirada de los demás.

Nadie me insultaba abiertamente en la escuela.
Era peor.
Las conversaciones se detenían cuando pasaba, los grupos evitaban incluirme en las fotos y siempre parecía haber un asiento vacío entre los demás y yo.
Cuando comenzó a hablarse del baile de graduación, le dije a mi madre que no pensaba asistir.
—No quiero pasar otra noche sintiéndome invisible —le confesé.
Ella me abrazó y respondió: