Tres meses.
Una última oportunidad.
Una emergencia inesperada.
Pero
esa mañana algo había cambiado.
—No voy a restablecer las autorizaciones, Santiago.
Fernanda tomó su bolso.
—Entonces no esperes que Emilia venga a visitarte.
Sentí una punzada en el pecho.
Pero mantuve la voz firme.
—No castigues a tu hija por una discusión entre adultos.
Mi nieta apareció en la puerta.
—¿Por qué están gritando?
El rostro de Santiago cambió.
Me arrodillé con dificultad y abracé a Emilia.
—No pasa nada, mi cielo.
Ella me susurró al oído:
—Abuela, yo sí quería que fueras a cenar.
Cerré los ojos.
—Lo sé, preciosa.
Cuando se marcharon, la casa quedó silenciosa.
Recogí las tazas.
Guardé las nueve páginas.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí que había recuperado una pequeña parte de mi vida.
Pero aquella tranquilidad duró menos de una hora.
A las tres y veinte sonó mi teléfono.