Daniel guardó silencio.
—Esto ya no es solo una cuestión personal —continué—. Una operación de este nivel requiere confianza absoluta entre el equipo, la familia y el cirujano. Esa confianza desapareció.
Entonces mi teléfono empezó a vibrar.
Una vez.
Dos veces.
Diez veces.
Veintitrés llamadas perdidas.
Todas desde números desconocidos.
Daniel miró la pantalla.
—Supongo que ya descubrieron algo.
Yo también lo supuse.
A más de mil kilómetros de distancia, el caos acababa de comenzar.
El jet comercial aterrizó en Nueva York a las 5:47 de la tarde.
Ethan Walsh fue el primero en bajar.
Tenía treinta años, una fortuna heredada que aparecía regularmente en revistas financieras y una enfermedad que muy pocas personas conocían.
Cardiomiopatía infiltrativa avanzada.
Complicada por una malformación vascular extremadamente rara.
Dos centros médicos europeos se habían negado a operarlo.
Tres cirujanos estadounidenses habían dicho lo mismo.
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