«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

Pero en ese momento todavía no sabía que Sofía había visto algo mucho peor.

Parte 2: A la mañana siguiente encontré a Sofía sentada en las escaleras comiendo pan tostado.

Me senté a su lado.

—Detective, necesito hacerte otra pregunta.

Dejó el pan inmediatamente.

—¿Es sobre la persona mala?

—Sobre los sobres. ¿Alguna vez viste a alguien recogerlos?

Se quedó pensando.

—Una vez.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Cómo era?

—Grande. Más grande que tú. Hombros así.

Extendió los brazos.

—¿Algo más?

Sofía se quedó mirando su lupa.

—Tenía un reloj plateado enorme.

Mi respiración se detuvo.

—¿En qué mano?

Se tocó la muñeca izquierda.

Yo conocía ese reloj.

Mauricio llevaba 23 años usándolo.

Había pertenecido a su padre.

Rafael revisó las grabaciones.

A las 6:01 de la tarde aparecía un hombre alto entrando por la puerta de servicio. Abrigo oscuro. Hombros anchos. Caminó directamente hasta mi baño.

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