Otra risa.
Alguien cercano dijo:
“¿De verdad está haciendo esto?”
Ethan seguía viniendo.
Cuando llegó a la tercera fila…
Se detuvo delante de mí.
Por primera vez todo el día—
Su compostura se rompió.
Sus ojos estaban húmedos.
“Esto es para ti”.
Lo miré fijamente.
Luego susurró:
“Para ambos”.
“¿Ambos de qué?”
Ethan se metió en el bolsillo del vestido rojo.
SACÓ ALGO ENVUELTO EN PAPEL DE TEJIDO
La gente seguía riendo.
Por otros segundos.
Ethan abrió cuidadosamente el tejido.
Y cuando vi lo que estaba en su palma…
El auditorio desapareció.
Una margarita amarilla seca.
Aplanado casi por completo.
Falta un pétalo.
El tallo oscuro con la edad.
Conocía esa flor.
Mi mano voló hasta mi boca.
– Oh, Ethan.
De repente—
Ya no estaba sentado dentro de la escuela secundaria Willowcrest.
Yo estaba meses antes.
De vuelta en el Centro Médico Willowcrest, durante una de las raras buenas tardes de Mary.
MARÍA ESTABA HARTA DE LOS MUROS DEL HOSPITAL
Ella se quejó de todo.
Comida de hospital.
Vestidos de hospital.
La gente pregunta si estaba cansada cada quince minutos.
Todos los que la tratan como si ella se rompiera.
Quería una tarde normal.
La graduación aún estaba a meses de distancia.
Mary me hizo prometer que buscaríamos su vestido.
“Sin colores oscuros y deprimentes”.
“Ni siquiera hemos entrado en la tienda”.
“Ya sé lo que no quiero”.
Ethan vino con nosotros.
Pasó la mayor parte del viaje fingiendo que preferiría estar en cualquier otro lugar.
Mary se probó tres vestidos.
Luego encontró el rojo.
Ella salió del probador…
Y sonrió.
No la débil sonrisa que le dio a las enfermeras.
No la sonrisa valiente que le dio a los familiares preocupados.
Su verdadera sonrisa.
Se volvió una vez frente al espejo.