PARTE 1
—¡Miren nada más! Mi esposa volvió a pelearse con una puerta… ¡y parece que la puerta ganó! —anunció mi marido ante casi cien invitados, mientras levantaba mi antifaz para mostrar el moretón que él mismo me había provocado.
Las carcajadas estallaron bajo los enormes candelabros del hotel más elegante de Guadalajara.
Rodrigo Valdés, uno de los abogados más reconocidos de Jalisco, levantó su copa de champaña con una sonrisa triunfal.
—Elena es una mujer maravillosa, pero tiene un pequeño defecto: todavía no aprende a obedecer a su marido.
Algunos invitados aplaudieron. Otros sonrieron incómodos.
Mi suegra, Beatriz, vestida con un elegante traje negro y joyas de oro, fue la primera en reírse abiertamente.
Yo permanecí inmóvil.
Tenía treinta y seis años, llevaba ocho casada con Rodrigo y aquella noche escondía bajo el maquillaje una herida que necesitaba puntos de sutura.