dijo Abril desde el piso.
Su voz era débil, pero clara.
Graciela bajó la mirada hacia ella.
Abril continuó.
—Y tú acabas de gritar que la que debía caer era Valeria.
Julián volvió a mirar el recipiente negro.
Valeria notó el movimiento.
—Ni lo intentes.
Él dejó el envase donde estaba, pero solo porque ya todos entendían por qué quería llevárselo.
Abril cerró los ojos unos segundos y respiró despacio.
Cuando volvió a hablar, ya no miró a Valeria.
Miró a su madre.
—Yo tenía miedo de decir lo de papá.
Graciela negó con la cabeza.
—Basta.
—Me dijiste que había sido un accidente.
—Lo fue.
—Me dijiste que yo había imaginado lo que vi.
Julián dio un paso hacia su hermana.
—Abril, no hables hasta que te revisen.
Ella soltó una carcajada dolorosa.
—Qué considerado te volviste.
Julián endureció la mandíbula.
Abril señaló apenas con los dedoshacia el recipiente.
—La noche antes de que papá cayera, vi a mamá limpiando la escalera de servicio.
Graciela respondió demasiado rápido.
—Porque estaba sucia.
—A las dos de la mañana.
—No significaba nada.
—Después encontré un envase como ese en el cuarto de lavado.
Julián interrumpió.
—Tenías edad para inventarte cualquier cosa.
Abril lo miró directamente.
—Y tú tenías edad para amenazarme.
Valeria sintió que el aire del pasillo cambiaba.
Hasta ese instante había pensado que Abril era únicamente una mujer caprichosa que llevaba años aprovechándose de su dinero, riéndose de ella y defendiendo a Julián porque vivir a su lado era cómodo.
Ahora empezaba a ver otra capa.
No una absolución.
Una explicación.
—¿Qué te dijo? —preguntó Valeria.
Abril tardó en responder.
—Que si contaba lo que había visto, mamá terminaría en la cárcel y sería culpa mía que la familia se destruyera.