Todo cambió una mañana de marzo.
Estaba limpiando el automóvil de Rodrigo cuando encontré un arete plateado debajo del asiento del copiloto.
No era mío.
Al principio pensé que tenía una amante.
Busqué fotografías antiguas de las fiestas de su despacho hasta reconocer aquella joya.
Pertenecía a Lucía Paredes, una abogada que había trabajado con Rodrigo seis años atrás y cuya salida de la firma siempre había estado rodeada de rumores.
Rodrigo decía que Lucía había robado documentos confidenciales y que estaba desequilibrada.
Después de investigar discretamente, descubrí que vivía en Querétaro.
Le escribí desde una cuenta de correo que mi esposo desconocía.
«Soy Elena, la esposa de Rodrigo Valdés. Encontré algo que posiblemente te pertenece. Necesito hacerte una pregunta».
Pasaron quince días sin respuesta.
Hasta que, una madrugada, recibí un mensaje de apenas seis palabras: